Basado en el video The Corporation (*)
(En memoria de Alejandro Romualdo)
Escribe Ismael León Arias
Ahora que sabemos que el Presidente Alan García se entrevistó recientemente con un alto ejecutivo de MONSANTO, la transnacional de los alimentos transgénicos, es ilustrativo divulgar la historia de General Electric y el científico Ananda Mohan Chakraberty, quienes en 1980 patentaron en EUA una bacteria capaz de engullir el petróleo que se derrama sobre ríos y océanos.
Ese año GE logró para el mundo de los negocios una acariciada consagración legal, con la sentencia favorable de la Corte Suprema de ese país, destinada a que los organismos vivos, modificados o no en laboratorio, puedan registrarse como una marca de fábrica.
Inicialmente el pedido de registro fue hecho ante la Oficina General de Patentes de los EUA, sustentado en el argumento de que la bacteria había sido modificada en los laboratorios de GE, por tanto era un invento. Después de prolongados estudios los científicos de la OGP rechazaron la solicitud. “Los estatutos de patentes no cubren seres vivos, luego no estamos ante a un invento”, dictaminaron.
Como era de esperarse, la GE y Chakraberty apelaron la decisión ante la Board of Patent Appeals and Interferentes, que en tiempo récord y con una votación de tres votos contra dos revocó el dictamen de la OGP. La sentencia fue muy discutida, porque los jueces no contaron con ningún soporte científico.
Fue entonces cuando Jeremy Rifkin, presidente de la Foundation on Economic Trends, sustentó la última apelación de la Oficina General de Patentes, ante la Corte Suprema. Rifkin argumentó: “Está muy claro que la vida no puede patentarse, nosotros alegamos que es necesaria una discusión pública en el Congreso, por la importancia del caso”. Sin una guía legislativa –añadió- las corporaciones serían dueñas del plano de la vida.
Sentencia contra a Dios
El 16 de junio de 1980 el máximo tribunal americano sentenció a favor de la GE y Chakraberty. El razonamiento fue: “Quienquiera que invente o descubra cualquier nuevo y útil proceso, máquina, fabricación o composición de la materia, o cualquier nueva y útil mejora, puede obtener una patente, con sujeción a las condiciones y los requisitos de este título.”
El juez Warren Burger, presidente del tribunal, agregó: “El hecho de que los microorganismos estén vivos no tiene importancia jurídica a los efectos del derecho de patentes”. Esta posición contó con la adhesión de cuatro magistrados.
Uno de ellos precisó después que, más que ante una bacteria, se encontraban frente a un detergente o agente reactivo, y que por tanto los demandantes tenían el derecho de su lado. De cara a la sentencia, Rifkin pronosticó que en el futuro “cualquier cosa viva bajo el sol resultará patentable”.
Siete años después, a modo de desquite, la Oficina General de Patentes emitió un decreto consuelo para la humanidad: “Se puede patentar toda cosa viva menos un ser humano que haya nacido”. La réplica consiguiente de la Suprema Corte advirtió que en los tribunales “no debe leerse en la legislación sobre patentes las limitaciones y condiciones que el legislador no ha expresado”.
Años después esa misma Corte autorizó que los organismos vivos producidos en un laboratorio pueden patentarse. Lo que significa que una universidad, una transnacional o un individuo pueden ser dueños de una especie, sea cual fuere el continente donde creció y se reprodujo o el país que la haya domesticado.
El mercado o la vida
Muchos en el mundo lo ignoran -tal vez la mayoría- pero hace unos veinte años que un puñado de lunáticos, ejecutivos de corporaciones, viene intentando hacerse dueños de la vida. Otra vez en palabras de Jeremy Rifkin: “Como en el viejo oeste, hay por allí un grupo de bandidos buscando cómo adueñarse de los tesoros”.
“Ya sabemos que tenemos el mapa del genoma humano, pero el público no conoce la carrera entre las compañías y la biotecnología para encontrar y adueñarse del mayor tesoro del mundo, que son los genes individuales que conforman el mapa de la raza humana”.
“Cada vez que capturan un gen y lo aíslan, las compañías reclaman la propiedad intelectual. Sea el gen del cáncer de mama o el de la fibrosis cística. Si la comunidad mundial no reacciona, en menos de diez años unas pocas compañías serán dueñas de los genes de la evolución de nuestra especie”.
“Ahora mismo están patentando los genomas de casi todas las criaturas del planeta. En la era de la biología habrá que diferenciar entre aquellos que creen en el valor de la vida y quienes dicen que deberíamos elegir tecnologías y formas comerciales que normen esa vida. Entre quienes valoran la vida humana y de las otras especies, y quienes creen que estamos ante una aventura comercial y que el mercado sea el árbitro de la era de la biología”, concluye Rifkin.
De modo que estamos advertidos. El reciente y controvertido decreto de García, que facilita la venta de tierras de comunidades campesinas y amazónicas, ¿acaso no apunta a poner en bandeja para las transnacionales la herencia biológica que el Perú debe compartir con la humanidad? ¿Qué hacía el funcionario de MONSANTO con Alan García?, ¿de qué hablaron?
(*) The Corporation, film by Mark Achbar, Jennifer Abbot & Joel Bakan
