Si no lo hace el gobierno central, háganlo otras autoridades
Cuando el cauchero Julio Arana quemó vivos a veinte boras y Leguía lo hizo senador de la república
Escribe: Ismael León Arias
Únicamente un sonámbulo con desarrollado instinto asesino puede ignorar que la historia, las buenas costumbres, los mínimos sentimientos de solidaridad y el necesario culto a los caídos, obligan a que el Estado declare Duelo Nacional en circunstancias como la actual, con numerosos muertos en Bagua. Civiles y policías. Ese es Alan García. Como eso no ocurrirá, porque en Palacio de Gobierno habita ese sujeto que confunde cultura con charlatanería, la iniciativa debieran tomarla congresistas de oposición, o por lo menos simbólicamente, presidentes de gobiernos regionales, alcaldes, gobernadores y/o ciudadanos representativos de la sociedad civil, con capacidad de convocatoria. Muchos cadáveres de jóvenes, mujeres y ancianos yacen insepultos en los caminos y trochas de Bagua y sus alrededores. También se habla de numerosos desaparecidos. Así lo cuentan viajeros y periodistas que estuvieron en el lugar y han testimoniado la dureza de los enfrentamientos. Esos muertos claman por paz, más que discursos cínicos y golpes de pecho. ¿A propósito, qué dicen en estos días trágicos Mario Vargas Llosa, o su excelencia el cardenal don Luis Cipriani? Alan García –principal responsable de esta matanza- no pierde el sueño, debe roncar como siempre, como lo exige su irresponsable cerdura; convencido que sus amigos seguirán protegiéndolo. No tiene idea de la barbaridad que ha cometido y de sus imprevisibles consecuencias. Pienso en los tres presidentes de Ecuador que debieron renunciar y huir frente a sucesivos levantamientos de amazónicos, embravecidos porque los gobernantes pretendieron burlarse de ellos. Hoy escucho a Simon y Cabanillas y me resulta inevitable pensar que estos políticos no han aprendido nada, pero lo han olvidado todo.
Leguía, Arana y los boras
A comienzos de los años veinte, el cauchero Julio César Arana ordenó detener vivos a unos veinte indígenas de la comunidad bora, en el asentamiento La Chorrera, en Caquetá, ex-territorio peruano, hoy colombiano. Mandó a sus capataces que los maniaten y embutan en sacos de yute, que luego rociaron con gasolina, les prendieron fuego y luego arrojaron los restos al río. El diabólico asesinato fue un intento de escarmiento contra la población, que resistía la permanente persecución destinada a enrolarlos y esclavizarlos en la extracción del caucho que extraía la Peruvian Amazon Comp. Limited, propiedad del influyente Arana. ¿Saben lo que años después hizo el presidente Leguía? Apoyó al cauchero en su campaña para senador de la república, cargo que consiguió para mayor desgracia de la Amazonía y de sus poblaciones. Por aquellos tiempos don Augusto declaró al periodismo: “La selva es muy importante, pero necesita ser civilizada a cualquier precio, y eso es lo que vamos a hacer desde mi gobierno” ¿Les suena familiar? Nadie ha hecho un censo de los indígenas asesinados en la Amazonía desde que somos república. Sólo se calcula que han sido decenas de miles. Ayer por el caucho y la madera, hoy por el petróleo, la minería, la madera y el narcotráfico. Y quienes hoy les acusan de salvajes, ayer nomás gastaban babas para alabar su valentía en defensa del Perú durante las guerras con Ecuador. El año 2005 se llenaban la boca para pedirles su voto y ofrecerles el paraíso en la tierra. Bien ha dicho ayer por Radio Programas un jesuita que vive en la región. “Ellos (los amazónicos) rinden culto a la naturaleza, para ellos es el reino de la vida, la selva es su hogar y templo a la vez, más importante que sus propias vidas; son guerreros desde siempre y el que pretenda afectar sus tierras no sabe lo que hace”. Efectivamente, García Pérez no sabe lo que hace. Nunca lo supo.
Lima, lunes 8 de junio 2009
