Escribe Ismael León Arias
Qué recontra- buenos los 80 años de Alberto Quintanilla. Esa noche del 21 de abril, en los jardines de la Universidad Peruana de Ciencias e Informática, amigas y amigos, catedráticos y estudiantes, fuimos el público que disfrutó la inauguración de “La sabiduría del ojo”, su más reciente muestra pictórica, armada en el torbellino de sus idas y vueltas América – Europa; al filo del abismo después de la súbita muerte de su hijo mayor en París. Pero qué refrescantes estas reapariciones de los duendes de Alberto, en medio de su duelo, redivivos apasionados ellos. Allí estaban sus cuerníficos Cumpas, jinetes calatos montados sobre un burrito barbón, con un mono-niño a horcajadas. Es uno de sus óleos de colorido más atenuado, con un naranja que fue rojo para reposar en el horizonte y reaparecer con intensidad y altura en una lengua luciferina y cachacienta. Y cuánta atención del público hubo para su Perro enamorado de la Luna, tal vez uno de los óleos más apreciados, precisamente porque en la intensidad de su lunático arrobamiento el pichicho encanta a monses y académicos. Aquí manda el azul añil, lo que suele ocurrir en los sueños de todo enamorado que se respete. Como en aquella Serenata a la Luna, precisamente, en la que el chusco ha encontrado la compañía de un templado guitarrista, tan templado que se olvida de las cuerdas para entonarle a la iluminada, a viva voz, sus compartidas quimeras de amor a dúo. Aquí el azul ha cedido breves aunque estratégicos rincones al rojo insidioso del instrumento postergado. Más allá asistimos al goce de casi escuchar la Música Sacra, arrancada de su quena por un músico libidinoso que imanta el interés de otro perro y de su ama, que en sus dos caras dubita entre los celos y el horror, mientras una serpiente voladora se introduce entre las notas del intérprete, de cuya cabeza nace un volcán de malos pensamientos. El lila y el verde se instalan de preferencia en esta composición diabólico-musical. Y con Mercedes gozamos las diabluras de este iluminado cusqueño, tal vez el pintor más representativo del arte andino contemporáneo, un amigo nos confirma cómo vive Alberto entre París y Lima, aunque su arte es cada vez más altivamente quechua. “No interesa dónde vives, importa lo que llevas dentro”, concluye.
De perros y fundadores
Vamos revisando con renovado interés El niño y sus misterios, Historia del perro verde, Los Huayras, el Hillaricuy; de pronto desembocamos en los jardines de la joven universidad. Un aplicado fotógrafo, como salido de un cuadro del pintor, plasma encuentros evocadores y en quince minutos reaparece, instantáneas en mano a cambio de diez soles. No se hará rico pero a nosotros nos regaló invalorables recuerdos. De pronto estamos cara a cara con Los hermanos Ayar, cuatro insólitos jinetes encaramados sobre una mula anterior a los jamelgos hispanos (es decir, padre y madre de sí misma), jinetes que de tan divertidos ignoran su destino. Apreciamos que sólo uno lleva las riendas, mientras los otros juerguean. Qué duda cabe, debe ser Ayar Manco, el único responsable, fundador del futuro Cusco imperial. Hierro sobre bronce empleó el artista para fundir su irreverencia. Durante el cóctel sigo la trayectoria de Alberto entre la concurrencia. Como escapado de un sombrero de mago, escucha a alguien con seriedad de cirujano; luego carcajea con un pata de aquellos tiempos en Cusco, cuando Hilario Mendívil y sus amigotes cerraban la cantina una semana de patria o muerte para chuparse la vida al contado. Pero los años han pasado la factura. Vïctor Escalante también bebe agua mineral, entre recuerdos exactos y divagaciones fantásticas. Volvemos ojos y oídos a Quintanilla, A veces me parece un poseso, creo verlo pincel en ristre retando a la vieja bruja que se agazapa detrás de sus iluminados lienzos. Pero no, ahora especula en torno al abismo en cuyo borde flotamos los peruanos. ¿El Perú se ha vuelto una pesadilla?
Los atilas de hoy
No pasan tres días de haber disfrutado esta nueva muestra del maestro, cuando un titular del diario Correo vuelve a rajar el piso tan laboriosamente emparejado para dar cabida a la mayoría de peruanos. La quechua hablante congresista cusqueña, Hilaria Supa, cae en un desliz ortográfico hispano, que sin vergüenza alguna distorsiona para sus fines uno de los jóvenes chacales de la derecha. Otra vez encuentro fundamento a Quintanilla. Sus fantásticas alucinaciones de ayer sufren la invasión de los viejos bárbaros, ahora reciclados en la pluma y la voz de modernos atilas que quieren anunciarnos la muerte, la nuestra, no la de ellos. ¿Qué piensa sobre este cargamontón organizado por la derecha y su infantería mediática basurera? El verdadero artista siempre ha vivido entre la creación y la lucha, le hemos escuchado siempre, ahora lo confirma. Altivo como es, cada vez que puede expresa un incontenible desprecio por estas gentes. Los ha visto –y sufrido- desde niño. Ayer en sus haciendas, fuete en mano; hoy en Lima, con un periódico encargado para conducir como camión de basura. Mañana arrójenla sobre ese político de izquierda, pasado échenla al paso del soldado insobornable, el fin de semana dedíquenlo “a esa congresista serrana”. El 30 pasen por caja. Nunca nos deshicimos totalmente de ellos, comprueba Alberto. Son parte de nuestra diaria calamidad. Allí los tenemos. Cada vez engañan a menos, aunque en el Perú todavía a muchos. Hasta la próxima maestro.
Lima, 28 de abril 2009
