Columna de León

Artículos de opinión sobre política peruana y del mundo

Un arte para la memoria, los sentidos y la conciencia (1-3)

Publicado por Ismael Leon en 5 Diciembre, 2008

Teatro de la luz

Escribe: Ismael León
La semana pasada disfruté en Ayacucho del XI Encuentro de Teatro de Grupo; gocé de excelentes representaciones, aunque disimulé las inmaduras; aprecié la grandeza de muchos actores, actrices, directores y músicos, contrapesados por algunas carencias; observé puestas estremecedoras, junto a otras patéticas…al final mi balance fue alentador, porque me ayudaron la curiosidad insaciable y el goce de la niñez y juventud de Huamanga.

Me felicité por haber escapado de Lima con Mercedes entre el 23 y el 30 de noviembre. Esquivamos así el inútil cerco de la APEC y nos ahorramos un show que incluía a Bush y García juntos, ¡qué perspectiva!

Asistimos para ver a dos metros de distancia el trabajo de Eugenio Barba y sus artífices del Odin; internarnos en los vericuetos de Teresa Ralli y Ana Correa, de Los Yuyach; halagar ojos y oídos gracias a Luis Sandoval y su Kimbafá; seguir al Arguedas-niño de la mano de los muñequitos de Graciela Ferrari; elevarnos la presión con La Rueca de México y despeinar el alma con los rítmicos pasacalles ayacuchanos.

Huamanga fue capturada durante seis días con sus noches por unos 200 artistas, gentes que ha hecho del teatro su modo de vida, el objeto de sus pasiones y en algunos casos escuela para nuestros hijos y nietos.

Advertencias

La primera: el suelo no está parejo en el mundo para este teatro que se llama de grupo, menos si declara abiertamente que no le interesan las demandas del mercado. Segunda, tiene enemigos adentro como ese crítico narciso, pero también insulsos repetidores con la hoja de ruta equivocada.

Fabián Castellani, actor y profesor argentino, nos previno uno de los primeros días. Hace dos siglos –recordó- con el derrumbe del romanticismo se vino abajo el mecenazgo y se abrieron las fauces del mercado para artistas condicionados por reyes y jerarcas de la Iglesia. Hoy seguimos en aquello.

Pero Barba intenta reconciliar el arte con la política. “El teatro es el arte de crear relaciones –nos dijo durante una entrevista-, relaciones con el pasado, con textos clásicos y contemporáneos, con tu propia biografía. Observa cómo un arte aparentemente inútil, se deposita en el alma o en los sentidos, como un virus o astillas radiactivas. Y de pronto te hace reflexionar”. Sobre esto volveré en próximas entregas.

Iben y Roberta

Ahora quiero detenerme en la demostración que hicieron sus discípulas Iben Nagel y Roberta Carreri, durante las primeras jornadas pedagógicas. Cada una desmontó sus técnicas actorales de cara al público. Apreciamos la cambiante gestualidad de ambas, su flexibilidad corporal y riqueza vocal, resultado de una tenaz preparación y larga paciencia. Claro, ambas hablan perfectamente el español, entre otras cuatro o cinco lenguas.

Menuda, Iben regaló durante una hora parte de sus técnicas expresivas, que según contó ha enriquecido en veinte años con Eugenio Barba. El dominio de la danza, música y acrobacia  son parte de su patrimonio. Sólo parte.

El manejo de sus cuerdas vocales le permite cantar como un ruiseñor, pero un instante después puede gruñir como ogro en do mayor. Ella está en condiciones de asumir un personaje dramático y llevar al espectador a una tristeza profunda, aunque acto seguido puede “enfriar” ese sentimiento mediante una certera humorada.

Minutos después la bella Roberta nos llevó de la mano para mostrarnos su dominio de brazos, piernas, tobillos y columna, tanto como su gestualidad. Con esos recursos y en pocos minutos, la italiana representó a Judith, personaje bíblico que engañó al general Helofernes, al mando de un ejército egipcio que invadió su país por órdenes del rey Nabucodonosor.

Comenzó con el ardid al que Judith recurre para penetrar en el campamento del milico haciéndose detener por sus soldados. Luego se hace invitar a una cena íntima y culmina su notable actuación cortándole la cabeza al mayor enemigo de su pueblo, en un instante de alto dramatismo, sin música ni efectos de luces.

El hervidero

Pero no se trata únicamente de destrezas adquiridas. El tema o los textos son propuestos, indistintamente, por el director o los actores, luego de una maduración a veces cerebral, otras emocional; muchas otras al azar, brotadas de la anarquía de la vida. Después viene lo más bravo, aquello que podríamos llamar creación recreativa. Una historia que por su naturaleza comenzó con seis actores previstos, termina en un unipersonal. Y si fue pensada con diálogos clásicos; puede acabar con versos poéticos.

Entre el público de estas muestras estuvieron los propios concurrentes al certamen, junto con jóvenes estudiantes de arte de la universidad de Huamanga y escolares seleccionados. Algo inusitado. Al terminar su exposición ambas fueron aclamadas por una concurrencia puesta de pie, obligándose así al clásico retorno de agradecimiento. Y sólo era un ensayo. Seguiremos.

Huamanga 1° de diciembre 2008

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