Teresa y Ana, damas de dos mundos
Escribe Ismael León
Aquella mañana de noviembre, en el salón principal del Centro Cultural de la Universidad de Huamanga, hora y media después de la soberbia deconstrucción de Antígona por Teresa Ralli, el público no terminaba de bajar de la nube. De pronto Ana Correa ya estaba sentada en un vértice del escenario, esperando recobrar el silencio, que efectivamente sobrevino cuando los asistentes repararon en ella y callaron.
Desde niña me gustaron los viajes comenzó a media voz-; sería quizás porque mi padre fue mecánico de aviación y hacía vuelos de prueba, pero también porque tuve un tío, chofer de camión carguero, que iba siempre a la selva. Años después, cuando estuve más grande, viajé al Cusco, y allí conocí a una vendedora de detentes que resultó santera.
Ana alza un estandarte de seda incrustado con estampas religiosas, para revelarnos que el día que llegó allí, hacia como trece años y debido al miedo impuesto por el terrorismo, la procesión de Santiago no salía, pecado que la mujer prometía reparar si el apóstol le devolvía sus mellizos desaparecidos.
Este episodio, que quedaría en la memoria de Ana, sería luego de conversar intensamente con Miguel Rubio y el resto del elenco, el origen de una de las puestas más requeridas por el público de Yuyachkani. Y quienes asistimos a Huamanga, percibimos súbitamente que Ana nos había introducido en el triple cruce de la historia, su biografía y el arte. Sutilmente atravesábamos esa delgada línea gris que separa la vida de la creación.
Dicen que en América Latina, la realidad se cruza mil veces diarias con el arte y lo supera, ante el pasmo de creadores y público. Ese viernes 28 lo comprobamos. Aunque para entenderlo mejor, es necesario reconocer que en el Perú de hoy los discursos políticos están agotados por palabras huecas, que el ciudadano común se niega a escuchar. Si queremos comunicarnos nos queda el arte, no como recuperación de esa realidad falseada que nos abruma, sino con el estilo Yuyachkani en el teatro, es decir, reinventada y asumida.
Dos veces yerma
Siguiendo el ritual, Ana contó cómo la puesta de Yerma ocurrió mientras atravesaba la prolongada angustia de una ansiada maternidad que no florecía, y que vivía a la par de una férrea militancia. Pagó la cuenta el papel de la maestra de escuela, que adquirió la faz de una educadora dogmática, yerma, que desfogaba sus pasiones en soledad.
Avancemos con el relato de Ana. Un mal día llegaron las amenazas de muerte de Sendero Luminoso contra ella y el elenco. Los cargos: Su arte atentaba contra los intereses populares, estaba al servicio del enemigo. Pensamiento Gonzalo. En el grupo el debate se redujo a seguir adelante o salir del país con sus familias. Muy simple. Decidieron quedarse, en momentos que la violencia se extendía por todo el territorio.
Ya sabemos cómo terminó Guzmán; ocho años más tarde asistiremos a la huída de Fujimori, que dejó al garete su organización clepto-criminal. El 2001, con el gobierno de Valentín Paniagua, nacerá la Comisión de la Verdad. La memoria del país será requerida para un balance, que también servirá como terapia nacional. Yuyachkani extenderá su testimonio en esa autopsia social, cuyas conclusiones enfrentarán cómo no- la hostilidad del gobierno, la derecha y los militares.
Llego aquí y caigo en cuenta que mi propósito de escribir acerca del Encuentro de Ayacucho está en un callejón sin salida. Otra vez la política menuda, contingente, aquella que nos conduce a esa esterilidad de nombre propio: Fujimori, Toledo, García. No es vicio profesional. Es la memoria, ese insumo del que nos hablan Barba, Rubio y la escuela que ha hecho de cada puesta una catarsis recurrente y colectiva.
Volvemos a Ana. En sus correrías conoce a Vera Lentz, fotógrafa autorizada por el Ejército para plasmar sus operaciones. Asistirá a los campos de exterminio senderista en territorio asháninka. Antes habrá conocido los estragos de la campaña fujimorista de esterilización masiva. Mujeres amazónicas, mujeres andinas, unas y otras objeto del odio fundamentalista de Guzmán y el refugiado de Tokio. Para Yuyashkani, por el momento, todo se reduce a material, la procesión irá por dentro.
Año 2002. Estrenan Sin Título, técnica mixta. La historia que veremos durará más de un siglo, desde la guerra con Chile hasta los 90. No habrá galerías ni asientos. Los actores no actuarán, simularán estatuas o fotografías. Los textos serán leídos por la concurrencia. El público en principio no será público, será partícipe del drama que tendrá ante sus narices. Ana cubrirá su desnudez con una kushma asháninka, con fotos estampadas de la comunidad diezmada. Más allá su hermana Débora, Augusto Casafranca, Teresa y Rebeca Ralli, Julián Vargas. Dentro de ellos otros tantos personajes del drama peruano del siglo XX. ¿Sólo del siglo XX?
Al culminar el relato de Ana, el maestro Eugenio Barba luce conmovido. Corre hacia ella y la abraza emocionado. Pide que la asistencia le hable. De sopetón un joven periodista le pregunta a la actriz: -¿A qué le tienes miedo?
Ana medita un instante, responde: A no saber proteger a mis hijos.
Lima 6 de diciembre 2008.
