Columna de León

Artículos de opinión sobre política peruana y del mundo

Archivo de Julio 2008

Velasco puso fin a nuestra edad media

Publicado por Ismael Leon en 28 Julio, 2008

Recordando al único gobernante en serio del siglo XX

Escribe: Ismael León Arias

En 1955 tenía 16 años, el próximo debía terminar la secundaria y mis conocimientos de historia del Perú provenían de Pons Muzzo. El país era presidido por el general Manuel Odría, algo que a muchos estudiantes no les alarmaba. Ese verano mi madre decidió visitar a su hermano Moisés en Chiclayo, donde era jefe de maestranza de la hacienda Tumán. Ese viaje significaría para mí el descubrimiento de otro mundo, aquel que la escuela nunca revelaba.

Los dos hijos del tío Moisés, mis primos, vivían en Chiclayo, pero ya no en la hacienda. Iban a Tumán sólo por descanso y con ellos pasé mi última vacación escolar. Volvería a verlos 25 años después casados e ingenieros. Pero aquellos días debían regresar pronto al colegio, en la ciudad. -¿Por qué se mudaron?-, pregunté al tío. “Porque en la hacienda sólo podían estudiar hasta tercero de primaria”. –¿Por qué?, insistí. “Porque aquí no es necesario más”, me respondió Moisés, hombre de confianza de los Pardo, dueños de la azucarera.

Días después, durante una cena familiar, tendría otra sorpresa. Los mayores hablaban del costo de vida y las facilidades que ofrecía “la mercantil”. “Aquí nos ‘habilitan’ con sacos de arroz y de azúcar; además carne, manteca, verduras; y nos descuentan a fin de mes”. Curiosa, como siempre fue mi madre, especuló: “¿El sobre te quedará muy delgado?”. Risas en la mesa. “Carmencita, es que hace años no hay sobre, Moisés ya ni sabe cuánto gana”. Era Isabel, señora de la casa, muerta de la risa.

Averiguaciones posteriores entre primos y amigos de Tumán, más las lecturas de Mariátegui, me confirmaron que el sobre del tío y de todos los campesinos, en la costa como en la sierra del Perú, era inexistente. Y era así porque en el régimen de hacienda el almacén no sólo “habilitaba” arroz y carne; también facilitaba ron, utensilios caseros y lo necesario para vegetar sin salario, con la educación indispensable, no más.

Ese verano continúe mis pesquisas y me enteré que los patrones pedían al capataz chicas “en edad de tener”, no sólo para conocerlas; además podrían conseguir empleo en la casa hacienda o con los ingenieros. -¿Qué piensas tú?, le pregunté a Richard, hijo de otro mecánico y hábil puntero izquierdo de las pichangas mañaneras. “Yo creo que todo esto es una pendejada, primo; los hacendados primero se las tiran y después las llevan a sus casas como sirvientas”.

Cusco, el cuadro completo

Fue Simona Peralta, empleada de la casa en Lima, quien ampliaría mi cultura política. Era de Sicuani, Cusco, había venido a la capital a trabajar, reunir algún dinero, volver a su tierra y reunirse con su pequeña hija, a la que había “encargado”. Por ella supe de los valles de La Convención y Lares; y quién era Hugo Blanco, comunista – asesino según “La Prensa”.

“Buena persona es, la gente lo quiere mucho, dirige las invasiones”, nos reveló Simona, que de paso nos contó que a los 15 años ella había fugado de la hacienda Angostura, de los Romainville, apellido emblemático de aquellos tiempos, gamonal de horca y cuchillo. Un poco a pie otro a lomo de mula, había llegado hasta Sicuani, sólo para cambiar el miedo por la miseria.

-¿Por qué fugaste?, redundamos. “Las familias del dueño se aprovechaban de nosotras, nos abusaban, nos hacían hijos y encima no nos pagaban por trabajar como burros, todos los días; también domingos, pascua, año nuevo, todo sin descanso”.

Años después sabría que la hacienda de Romainville era inabarcable, que tenía una hermosa capilla sobre una montaña erigida por su primer dueño, el Marqués de Valleumbroso, un español que hablaba francés y aprendió quechua para aprovecharse mejor de “sus indios”. A mediados del siglo XX, esa situación se mantenía legalmente en el Perú.

Primera reforma agraria

En 1962, barones del azúcar y gamonales de la sierra se sentían cómodos con el segundo gobierno de Manuel Prado, presidente pro norteamericano, de la familia propietaria del Banco Popular, la compañía de seguros de igual nombre, inmobiliarias, caballos de carrera, los diarios La Crónica y La Tercera, y además socios de firmas mineras y agro-industriales.

Mientras los campesinos del sur emprendían a diario las ocupaciones o tomas de tierras, lo mismo hacían los comuneros del centro en los territorios que les había robado la sociedad agrícola-ganadera Cerro de Pasco. Entre tanto cañeros y algodoneros en la costa debían luchar contra los abusos de los Pardo, Aspíllaga, Gildemeister, Izaga, Larco, Picasso y los Palacios Moreyra, pero con la dificultad adicional de enfrentar al amarillento sindicalismo aprista.

En esas estábamos cuando una Junta Militar interrumpió en sus meses finales el mandato de Prado. La integraban los generales Lindley, Pérez Godoy y Matos y se proponían impedir un fraude que llevaría a la presidencia a Haya de la Torre. Desaprobaban la “convivencia” de apristas, pradistas y odriistas, coalición armada para frenar las reformas que el país exigía. En escena ya estaba Fernando Belaúnde, que en calles y plazas prometía esos cambios. Esperanzada, la clase media votó por él, y en 1963 los militares volvieron a sus cuarteles. Antes dispusieron una reforma agraria piloto en La Convención y Lares, para desactivar ese polvorín.

Talara, la IPC, Velasco

Belaúnde se hizo del gobierno ese año, gracias también a que incorporó en su programa la recuperación del petróleo de La Brea y Pariñas, en Talara, usufructuado por una firma americana, deudora de millones de dólares en impuestos impagos por su antecesora, la London Pacific. “O pagan o recuperamos los pozos en 90 días”, ofreció Belaúnde en campaña. Con esa oferta y la de transformar la propiedad del agro sedujo al país.

Pero llegamos a octubre de 1968 y no se había recuperado una gota de petróleo y los hacendados seguían parapetados en sus feudos. El APRA y la Unión Nacional Odriista, mayoría en el Congreso, actuaban como coraza del feudalismo y también avalaban la supuesta solución petrolera expresada en el Acta de Talara. Luego de cinco años de negociaciones, la IPC había “cedido” al Estado la refinería, pero con la obligación de procesarlo a un precio amarrado. Mientras tanto, los pozos seguirían en sus manos, que además recibirían en la amazonía un millón de hectáreas para exploración. Todo sin pagar un sol de lo adeudado. Fue el detonante..

El 3 de octubre de 1968 la Fuerza Armada, conducida por Juan Velasco, tomó el poder y al día siguiente anuló el Acta de Talara. Antes de una semana, el 9 de octubre, las fuerzas de la I Región Militar ocuparon refinería y oficinas de la Internacional Petroleum, dispusieron el embargo coactivo de sus bienes y comenzó el cobro de la deuda de 690 millones de dólares. Nueve meses después, el 24 de junio de 1969, salió la ley de reforma agraria que, en homenaje a Túpac Amaru, prometió a los campesinos, “el patrón no comerá más de tu pobreza”. Pero esa es otra historia.

Lima, 28 de junio 2008

Publicado en Política peruana | 1 comentario

García y Allende

Publicado por Ismael Leon en 18 Julio, 2008

Escribe Ismael León Arias

En Chile, el año 1973, el gobierno de la Unidad Popular, bajo la presidencia de Salvador Allende, ya registraba en su favor la prometida nacionalización de la minería, pero debido al boicot de la derecha y de poderosos enemigos como Richard Nixon y Henry Kissinger, enfrentaba graves dificultades para poder consolidarse.
Había colas para todo, pero la popularidad del presidente crecía entre los más pobres. Fallaban el transporte y los teléfonos, pero la Unidad Popular ganó la última elección en democracia, una que debió hacerse para reemplazar a un fallecido congresista de la derecha.
La economía sureña era saboteada, pero el gobierno mantenía su respaldo o lo acrecentaba. No menguó nunca en sus tres años.
Con los bolsillos vacíos, la Unidad Popular apoyaba el arte y las manifestaciones artísticas recorrían Chile de punta a punta, en contagiante ebullición.

Salta a la luz la diferencia con lo que le ocurre al gobierno aprista del 2007, que tiene las alforjas repletas del dinero acumulado y no distribuido por Alejandro Toledo, pero cada día pierde prestigio y credibilidad. Donde la cultura se marchita, bajo los pies de una censora salida de las cavernas.
¿Por qué la diferente suerte de Salvador Allende y Alan García? ¿Dónde radica la diferencia? En los distintos valores de cada uno. En el abismo moral existente entre uno y otro gobernante. En el coraje de Salvador Allende para retar a las poderosas fuerzas enemigas de su país, frente a la complaciente actitud de García para entregarse a las exigencias antipopulares y antidemocráticas, contrarias a la mayoría de los peruanos.
Mientras en Chile de 1973, Salvador Allende luchó hasta morir para cumplir con sus promesas, en el Perú del 2007 Alan García ha tirado por la borda todos sus ofrecimientos de campaña, para gobernar con la tranquilidad momentánea que le ofrecen los todopoderosos de siempre.
Allí están, botadas en el camino, las promesas que el actual presidente gritó en calles y plazas, de no firmar sin antes revisar los aspectos negativos del tratado de libre comercio con Estados Unidos; de mejorar el canon y las regalías mineras para beneficio de las comunidades; de ir a un sistema de medicamentos accesibles; de orientar a los futuros jubilados hacia la libre desafiliación de las AFP; de liquidar la intermediación de los services. Y todo eso, antes de ponerse a bailar regaetón para embaucar a los más jóvenes.
Por eso la actitud heroica de Allende figura en los libros de historia que los niños leen en las escuelas chilenas desde que recuperaron la democracia, mientras que el segundo gobierno de García apenas será registrado como la segunda frustración peruana en el siglo XXI, una más desde nuestra inconclusa república.

Publicado en Internacional, Latinoamerica, Política peruana | Deja un Comentario »

Parar la ignominia

Publicado por Ismael Leon en 8 Julio, 2008

Protestas en Cusco, Puno, Ayacucho y la Amazonía

Escribe: Ismael León Arias

Paro tiene motivos económicos, pero es también una sana reacción contra el engaño, el abuso y la frivolidad de un presidente que abre las puertas de Palacio a los chilenos, pero se las cierra a trabajadores y empresarios peruanos.

El paro nacional ya comenzó el martes y con mucha fuerza. La primera señal la ha lanzado la Amazonía, confrontada contra la “ley de la selva”; simultáneamente en Cusco el pueblo ha suspendido el servicio de trenes a Machu Picchu y ha interrumpido las vías hacia Abancay y Puno. En este último departamento los campesinos de Azángaro, Melgar y San Román también han bloqueado los caminos; mientras en Ayacucho escolares y universitarios pifian a las tropas norteamericanas que caminan por sus calles. Esto para comenzar.

La protesta deberá extenderse hoy miércoles por todo Lima y el resto del país, no sólo por legítimos reclamos económicos, también y muy especialmente en rechazo a las continuas patrañas presidenciales, a su vocación por el insulto y el abuso contra los trabajadores, a su ineptitud y frivolidad inherentes a su estilo de gobierno.

Ese Alan García candidato, que se sumó al paro del 2004, cuando acariciaba el sueño cumplido del retorno, en fondo y forma es el mismo que hoy, como presidente, deambula de aquí para allá convertido en la pesadilla de millones de peruanos, a quienes amenaza con los tanques que alguna vez usó el “general victorioso” para amedrentar a la oposición.

Este es el tipo que abre el Palacio de Gobierno como teatro para que allí se firme la compra de Wong por los chilenos, o usa el salón Túpac Amaru para melindrear con Sebastián Piñera, próximo candidato presidencial de la derecha de ese país; pero a la vez niega sus espacios para discutir con la CGTP o los gremios agrarios de costa y sierra.

Montesinos y las Fuerzas Auxiliares

Estupefactos los peruanos escuchamos en la televisión al reo Vladimiro Montesinos, en un viejo video usado por el gobierno contra el paro. Según Jorge del Castillo y Luis Alva Castro, si eso sirvió años atrás, por qué no emplearlo ahora. A semejante moral idéntica práctica política. Por primera vez se revelan las semejanzas éticas entre García y el capitanzuelo que traicionó a la patria. Estos son los nuevos siameses de la política peruana.

Pero hay más en torno al paro. Según la Constitución fujimorista, a la Fuerza Armada le corresponde, primero, “garantizar la independencia, soberanía e integridad territorial de la República”. Y en estado de emergencia declarado -es decir, eventualmente- esos militares “asumen el control del orden interno si así lo dispone el Presidente de la República”. Esa misma Carta es la que destina a la Policía Nacional a vigilar las fronteras y “garantizar, mantener y restablecer el orden interno”. Es pues, una fuerza auxiliar.

Pero según el ministro de Defensa Antero Flores Aráoz –derechista jubilado y resurrecto por García- “el Ejército saldrá hoy a las calles para ‘auxiliar’ a la Policía. Es decir, soldados, marinos y aviadores, convertidos de la noche a la mañana en segundones de la tombería. Lo que confirma que en un gobierno esquizofrénico todo pierde sentido, comenzando por el descrédito de la palabra.

De modo que hay que tener muy presente la vocación violentista y abusiva de García, que podría haberse traducido en órdenes destinadas a provocar la violencia. Desde aquí lo advertimos. Si por desgracia hoy se comete un nuevo crimen en las calles, la responsabilidad mayúscula le corresponderá a quien tiene la facultad de sacar a las tropas de sus cuarteles. Estamos advertidos.

Lima, martes 8 de julio 2008

Publicado en Política peruana | Etiquetado: | Deja un Comentario »