Publicado por Ismael Leon en 28 Noviembre, 2007
Escribe Ismael León Arias
El programa de gobierno de Alan García apareció en dos ediciones dominicales de
El Comercio en noviembre del 2007, año y medio después que fuera elegido presidente gracias a que, durante la campaña, prometió un ambiguo e impreciso “cambio responsable”, no la amenaza escrita en el diario de los MQ.
Estamos pues de cara a un engaño masivo y premeditado, un fraude político colosal para quienes creyeron en esas promesas, desmentidas en la práctica del gobernante. Puede Alan García, como prestidigitador de circo, decirles a sus seguidores: “Nada por aquí, nada por allá”.
-Veamos: En el curso de la campaña electoral el candidato aprista condenó la cercana firma del TLC con EE.UU, por la mala negociación del toledismo. Lo revisaremos en el nuevo Congreso, amenazó. Después se supo, por el ministro Augusto Ferrero, que García aprobaba en privado las tratativas, aunque en público adoptaba una pose contraria para recabar los votos discrepantes.
-Aquellos meses del 2005 este orador maratónico criticó la “ausencia del Estado” en salud, educación, las fronteras y el comercio. Año y medio después ofreció hacer que las funciones del Estado, en esos rubros, sean aleatorias, dejadas al azar, es decir, se controlará uno de cada cincuenta.
-García Pérez denunció durante su verborrágico periplo la falta de control sobre los daños a la salud y el medio ambiente que cometen ciertas mineras y petroleras. Hoy dice que presentará al Congreso un proyecto para que las propuestas de inversión sean analizadas en un máximo de tres meses, algo que hará imposibles los indispensables estudios de impacto ambiental.
-Confirmando que el papel aguanta todo, este transformer de la política peruana prometió en calles y plazas reforzar la fiscalización pública, sólo para decirnos ahora que ese papel fundamental será tercerizado, o sea entregado a particulares, privatizado. El Perú como paraíso de los gatos despenseros.
-Durante año y medio el bocón de Alfonso Ugarte ofreció mejorar los sueldos estatales, particularmente de los maestros. El domingo escribió que esos aumentos estarán sujetos a evaluaciones, a una escala de méritos. Por supuesto, con funcionarios apristas juzgando el trabajo ajeno.
Todo vale
-En campaña amenazó a los depredadores de bosques amazónicos con todo el peso de la ley. Hace unos días nos enteramos que ahora fomentará la inversión privada sin mayores requisitos y a como de lugar, en los ocho millones de hectáreas de la selva que han sido arrasadas. Es decir, premiará a los destructores.
-Entre mayo del 2005 y junio del 2006, García Pérez lamentó en cuanta tribuna encontró la falta de crédito bancario a las comunidades campesinas. Hoy exige a los comuneros que vendan o alquilen sus tierras al primer escapero que les oferte compra, sin amparo ni consejo, aunque sea con precios echados al suelo.
-En una oportunidad se burló de los funcionarios que no ponen en valor edificios como aquel inconcluso de Tacna con Emancipación. En año y medio su gobierno tampoco ha hecho nada, pero nos dice que hay que apurar la expropiación de inmuebles en esas condiciones. ¿Algún comprador amigo en el camino?
-En cierta ocasión el candidato aprista se solidarizó con los trabajadores víctimas de los services que el inventó en su primer gobierno y que el fujimorismo multiplicó y robusteció. Quienes lo leyeron en El Comercio el domingo 25 supieron que se propone restablecer los derechos laborales arrebatados, pero en forma progresiva, o sea nunca.
-Finalmente, en 18 meses de campaña electoral, AGP jamás abrió la boca para pedir la extradición de Alberto Fujimori. Dijo que no debía pronunciarse porque como abogado y candidato debía ser imparcial. Hoy, como presidente, no tiene vergüenza alguna en parcializarse con Moisés Wolfenzon, barchilón periodístico de Vladimiro Montesinos, cuya libertad ha exigido a través de su periódico.
Nos preguntamos: ¿Por qué no hay sanciones para los políticos mentirosos que incumplen ofrecimientos a sus electores?; ¿se ha calculado la dimensión del daño ideológico a la conciencia de los ciudadanos?; ¿tiene noción del efecto perverso que surte en la democracia y en la mente de los más jóvenes la mentira organizada?
Lima, 28 de noviembre 2007.
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Publicado por Ismael Leon en 21 Noviembre, 2007
Escribe Ismael León Arias
Si Alan García hubiera tenido algún poder en la Francia de mediados del siglo XVII, cuando Moliere estrenó Tartufo, igual que el rey habría censurado la obra por su argumento irreverente y subversivo. Y así como el monarca francés tuvo respaldo en el obispo de París, García habría pedido y conseguido apoyo del Cipriani de la época.
Comparo a García con Tartufo, luego de leer la entrevista exclusiva que el presidente le dio al diario La Razón, de los hermanos Wolfenzon, beneficiarios de la mafia Fujimori-Montesinos. La moral de Tartufo se expresa en cada palabra de García, que revela desconocer hasta las reglas de un burdel, ganándose cada día la descalificación para gobernar por incapacidad moral.
Como Tartufo representa al sinvergüenza, caradura e impostor, disfrazado de creyente devoto, respetuoso de la ley y de las buenas costumbres. Tipos así abundaban en la Europa de entonces, reino de la corrupción y el desánimo colectivos, como hoy se multiplican aquí, animados por la certeza de impunidad y el ejemplo de sus gobernantes.
Moliere imagina a Tartufo infiltrándose en el seno de una buena familia, para favorecer sus propios intereses. Lo consigue manipulando a Orión, un patriarca al que convierte en su títere, hasta el punto de manejar completamente su vida, la de su mujer y sus hijos.
Como García, Tartufo es inepto pero tiene mucha labia; conoce los resortes psicológicos de la gente y sabe penetrar en sus debilidades. Como Tartufo, García se aprovecha de la ingenuidad de muchos peruanos, que todavía creen en sus frases sin sentido, huachafas y engañosas.
Vamos a la entrevista periodística en La Razón. García hace la salvedad que la concede como abogado, no en su condición de presidente. Una confesión de hipocresía y muestra de ignorancia. Porque un jefe de Estado representa en todo momento a la nación, no puede ejercer la defensa de particulares. Y como pésimo abogado que es, García opina que Wolfenzon es víctima de un arresto domiciliario excesivo.
AGP desconoce que en tal sentido el Tribunal Constitucional ya ha emitido un fallo, que considera la detención domiciliaria como una medida preventiva, no punitiva; por tanto no comparable con la pena carcelaria, producto de una sentencia. García, entonces, como abogado es un buen charlatán. Pero su desconocimiento del derecho no es lo más grave. Sí lo es que ejerza como defensor de Wolfenzon, fugaz diputado que para burla de sus críticos graficaba penes gigantes con los dedos.
Este es el García que los domingos acude a misa y se persigna, el mismo que intentó seducir (¿o sedujo?) a la mujer de una de sus compañeros; como Tartufo hizo suya a Edelmira, la esposa de Orión, cuya fortuna perseguía incansablemente.
Con su arte Moliere construyó una corrosiva sátira a la moral de su tiempo, que toleraba la corrupción de reyes y poderosos, a condición que los domingos confiesen sus pecados, muestren arrepentimiento público y entreguen a los curas oro para sus templos. La misma moral que castigaba con el infierno a los pecadores pobres, que no podían pagar el precio del perdón católico.
La obra de Moliere podría reponerse en estos tiempos en calles y plazas del Perú. Tal vez si con más humor que antaño. Porque la moral de García se reproduce hoy en el país con el silencio cómplice de las autoridades religiosas oficiales, que como Cipriani miran al cielo y callan en todos los idiomas, a la espera de que el vecino les de una manito en sus pleitos judiciales.
¿Recuerdan los lectores a García besando el anillo de Cipriani mientras de reojo buscaba una cámara de televisión? ¿Recuerdan los días del secuestro masivo en la embajada de Japón, cuando monseñor llegaba a la residencia con cara de cojudo empujando un carrito que ocultaba los micrófonos del SIN?
Qué trágica comedia la de estos años. “Tartufo” García instalado en la casa de Gobierno. “Cojudeces” Cipriani rezando al frente y el “Mudo” Castañeda en el Palacio Municipal. ¿No es de imaginar que de vez en cuando desayunan o almuerzan juntos muertos de la risa?
Lima, 21 de noviembre 2007
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Publicado por Ismael Leon en 13 Noviembre, 2007
Por Ismael Leon
Alan García fue el único mandatario de la XVII Cumbre Iberoamericana realizada recientemente en Santiago de Chile, que respaldó al rey Juan Carlos I de España, en su diferendo con el representante de Venezuela, Hugo Chávez. Entre la monarquía y la república, García escogió portarse como súbdito de la corona, olvidando que era representante de un estado independiente desde 1821.
Debe resaltarse que el rey español, por mandato de su Constitución de 1978 (Art.56), es también jefe de Estado. Y que en esa condición fue invitado a la cita de Santiago. No como monarca. Por tanto, en Chile, Juan Carlos I era igual a todos los asambleístas, sólo por encima de Rodríguez Zapatero, su jefe de gobierno, quien sí le debía obediencia por ser súbdito hispano.
Pero el rey olvidó su limitada condición en la cumbre y mandó callar a Chávez. Se le salió el Borbón que ni en España puede disponer a su gusto, porque allí reina, pero sujeto a las leyes de una monarquía constitucional. Cuando Juan Carlos I se exaltó, se transformó en Fernando VII y retrocedió la historia hasta el siglo XIX.
Chávez lo entendió rápidamente y sacó al fresco al monarca: “El rey será rey pero a mí no me puede hacer callar”, protestó. Los otros participantes miraron al techo, nadie quiso comprarse el pleito. La anfitriona, Michelle Bachelet, comentó que la discusión no tenía que asustar a nadie, pues sólo reflejaba diversidad de posiciones y apasionamiento en los debates. Lula Da Silva, Rafael Correa, Fernando Uribe, Daniel Ortega, Evo Morales ni se dieron por enterados.
La bronca con Aznar, La discusión entre Chávez y Rodríguez Zapatero se remonta al año 2002, cuando José María Aznar, desde el gobierno, apoyó un golpe de estado contra el bolivariano, golpe que finalmente fracasó. Es harto conocido que la Armada española, poco antes del complot y por orden de Aznar, participó en la “Operación Balboa”, un simulacro de invasión marítima a Venezuela, en respaldo a una supuesta fuerza “rebelde”.
Chávez todavía tiene la herida abierta y en Santiago quiso que la Cumbre, la opinión pública latinoamericana y la delegación hispana recuerden el episodio. En ese plan interrumpió hasta tres veces un discurso de Rodríguez Zapatero, para recordarle el papel que jugó Aznar en el momentáneo golpe de Pedro Carmona. El jefe de gobierno español defendió a su paisano, aunque subrayando sus diferencias.
¿Quién no recuerda que Aznar comprometió a España en la sangrienta invasión norteamericana a Irak? ¿Y quien ha olvidado que Rodríguez Zapatero ganó la elección del 2004, cuando el pueblo de su país supo que Aznar le mintió en la campaña electoral al atribuirle a ETA un atentado terrorista en Madrid?
En todo este lío América Latina procura una política de paz, distante de toda agresión militar o económica de las potencias contra cualquier pueblo del mundo. Hace décadas que el mundo aprecia el rechazo a esas prácticas, en la condena anual de la ONU al cerco norteamericano contra Cuba, tan perverso como inútil.
Pero después del incidente de Santiago el sobón de la clase llamó al rey para decirle que estaba con él. ¿Y para qué me sirve habrá pensado el Borbón? El problema aquí es la orientación que viene asumiendo la cancillería peruana, errática y faldera.
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Publicado por Ismael Leon en 7 Noviembre, 2007
Ismael León Arias
Frente a la movilización de protesta del jueves 8, es bueno recordar que el miércoles 31 de octubre la Cámara Baja de España aprobó la ley de Memoria Histórica, que sanciona el golpe de Francisco Franco y ordena a los gobiernos locales financiar excavación de fosas comunes, pedir perdón a familias y víctimas de la guerra civil, desmontar monumentos franquistas y declarar ilegales los juicios que legitimaron crímenes y expropiaciones contra opositores al dictador.
La noticia es un buen ejemplo de lo que el Perú necesita hacer respecto a la pasada guerra interna y el legado de Fujimori. Y comparar. Porque si no se resarce y libera al país de su herencia política y no se enmienda el rumbo hacia el futuro, ¿de qué nos sirve tenerlo preso, con el peligro de que su amigo Alan García lo beneficie antes del 2011 con una amnistía, si para entonces está sentenciado?
Veamos. El primer lastre jurídico que hoy arrastramos es la Constitución de 1993, creada bajo inspiración del “Consenso de Washington”, auspiciada por el Banco Mundial y legalizada por la OEA –Organización de Estados Americanos- ese exquisito cadáver que hoy seguimos financiando.
Y es que la Constitución vigente prohíbe actividad empresarial del Estado; facilita los llamados contratos de estabilidad tributaria que hace poco García extendió en beneficio de Majaz; pone igualdad de condiciones entre la inversión extranjera y la nacional y, entre otros anacronismos, consagra una legislación laboral que deja a miles de trabajadores sin seguro hoy ni jubilación en su futuro.
Esta calamidad nacional es reverenciada y aplicada por Alan García, quien no quiere saber nada de la Constitución de 1979, aquella que firmó Haya de la Torre y que hoy exigen retomar apristas honrados como Héctor Vargas Haya. ¿Por qué García adora esa Constitución fruto del golpe de 1992? ¿Por qué, a diferencia de Evo Morales en Bolivia; Rafael Correa en Ecuador y Hugo Chávez en Venezuela quiere mantener una Carta antinacional? Ciertamente porque en el Perú co- gobiernan con García la derecha y el fujimorismo.
La Comisión de la Verdad
Aquí hace cuatro años la Comisión de la Verdad y Reconciliación recomendó en sus conclusiones que las víctimas de la violencia sean reparadas, pero el régimen de Toledo y el actual se han negado, porque en ese Informe reciben condena crímenes cometidos desde el primer gobierno de García (1985-1990) hasta aquellos de la década del japonés (1990-2000).
En España José María Aznar criticó de inmediato al jefe del gobierno Rodríguez Zapatero, alegando que no le corresponde “desenterrar tumbas” y acusó al Partido Socialista de gobernar “obsesionado con la venganza” y reabrir heridas de la guerra de hace 70 años, heridas que, según sostuvo, fueron cerradas con la transición a la democracia. ¿No suena familiar? ¿Están cerradas en el Perú las heridas de la guerra interna?
La guerra civil española (1936-1939) dejó medio millón de muertos y fue una especie de ensayo de la Segunda Guerra Mundial. La Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini apoyaron a Franco, mientras la Unión Soviética de entonces respaldó al gobierno de la república, que finalmente cayó derrotado.
Aquí el gobierno de Fujimori-Montesinos, enemigo del Perú, tuvo el respaldo del FMI, del Banco Mundial, de los gobiernos de EE.UU y Japón y por supuesto de la derecha peruana, que no quiere cambiarle una coma a la Constitución de 1993, su preferida.
Lima, 7 de noviembre 2007.
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