Columna de León

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Archivo de 20/08/07

Terremoto, mejor presos que libres

Publicado por Ismael Leon en 20 Agosto, 2007

Por Ismael León Arias
Ese miércoles 15 de agosto de 2007, día del terremoto, alrededor de las 19:00 horas, más de 600 presos fugaron de la cárcel de Chincha, aprovechando la caída de los muros y el pánico de sus custodios. Al día siguiente, a media mañana, más de cincuenta regresaban tristes y resignados, a enclaustrarse detrás de unas rejas virtuales. Según testimonios policiales, los prófugos volvieron porque afuera no había comida ni abrigo, algo que en prisión podían exigir a sus carceleros.
Así están las cosas en este país, cuyas autoridades reportan un crecimiento del PBI superior a 7 por ciento anual.
Los primeros afectados por el sismo, como siempre, fueron los más pobres, aquellos desocupados que viven en casitas de adobe, con instalaciones eléctricas muchas veces clandestinas, agua racionada, pistas de tierra, sin seguridad social, con una lamentable televisión de señal abierta como única distracción.
La incomunicación telefónica fue uno de los factores que contribuyó con el agravamiento de la crisis. Por desinformación, el mismo presidente Alan Garcìa minimizó los alcances del sismo a tres horas del estallido, mal informado por deficientes conexiones telefónicas que se vio obligado a denunciar.
Casi simultáneamente con el mensaje presidencial, la CNN reportaba desde Pisco y Chincha cifras provisionales de muertos y heridos, mucho más próximas a la realidad. Y es que ellos cuentan con corresponsales profesionales y comunicación satelital sofisticada, que el presidente ciertamente no tuvo en su despacho.
Las responsabilidades corresponden a la española Telefónica y a otras firmas que operan celulares, las mismas que vendieron más aparatos de los que podían servir en momentos de gran demanda. La crisis se manifestó cuando nadie podía hablar con nadie en esas provincias, porque las líneas colapsaron.
Inicialmente el servicio de las radioemisoras de alcance nacional fue deplorable; puso al descubierto un funcionamiento centralista y etnocéntrico. No se trata sólo de la rapidez de los reportes -que la tuvieron- sino de su imprecisión, por el escaso profesionalismo de algunos corresponsales. Sólo así se podría explicar el desconocimiento de estos patéticos periodistas, que inicialmente hicieron creer al público capitalino que un terremoto de 7.5 grados Mercalli, sólo había provocado entre 12 o 15 muertes y algunas decenas de heridos.
Las viviendas de adobe fueron las primeras en derrumbarse, algo que era perfectamente previsible, por lo que una educación preventiva masiva a sus ocupantes era de esperarse, habida cuenta los antecedentes sísmicos de la costa peruana. Esto no ocurrió ni ocurrirá, con medios de comunicación cuyos dueños operan esencialmente bajo la presión del rating, que a su vez se maneja con criterios estrictamente comerciales.
Si los pobres tienen escasa capacidad de consumo, no son un público interesante para los negocios. Esta idea podría resumir los alcances de la enésima tragedia peruana cuyas consecuencias no pueden disimularse bajo andanadas de frases conmiserativas, gestos ampulosos y promesas tardías de resarcimientos que de nada les servirán a los más de 500 muertos.
En estas circunstancias sólo la solidaridad puede servirnos. Aquí no funcionan los mecanismos elitistas ni competitivos; los atractivos del mercado se revelan inútiles, porque no es la hora de los negocios ni del sálvese quién pueda, sino de organizar la solidaridad frente al caos y al terror.
20 de agosto 2007

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