Columna de León

Artículos de opinión sobre política peruana y del mundo

Genaro, partero con ayuda

Publicado por Ismael Leon en 12 Mayo, 2007

Crónica apurada de un hombre que se hizo a sí mismo aunque con mucha ayuda, y memoria del Canal que inventó con estrellas de la radio en la azotea de un hotel del centro limeño.

Escribe: Ismael León Arias

Fue el 16 de octubre de 1959 cuando Panamericana TV irrumpió en los hogares de Lima por primera vez como Canal 13, con su señal en blanco y negro. Comenzó a transmitir a las 12.45 del mediodía y cerraba a las 11.30 de la noche. La empresa que la impulsó era de Isaac Lindley Stepannie e Isaac Lindley Taboada, Genaro y Héctor Delgado Parker y Manuel Gjurinovic, entre otros. Recién en 1963 y sin razones conocidas, se adjudicó a Panamericana el Canal 5, que hasta entonces estuvo reservado para el Estado.
Cuando el 13 salió al aire el Canal 7 del ministerio de Educación ya circulaba con su programación intermitente desde enero de 1958, mientras el 4, de José Antonio Umbert y Guillermo Ureta, llevaba por lo menos un año metido entre los televidentes casi exclusivamente limeños. Por entonces Lima almorzaba con La Revista del Mediodía, hacia la tarde con La Cocina de Teresa Ocampo y el Tío Johnny, mientras en las noches las mujeres nadaban en lágrimas con El Derecho de Nacer, un novelón de esos que ya no hay.

Genaro el partero
El artífice de ese parto de los cielos conocido como el 13 fue Genaro Delgado Parker. Genaro y sus hermanos, Héctor y Manuel, venían de manejar con éxito radio Panamericana y la Unión de Radiodifusoras del Perú, y para crear el nuevo y complicado artificio, apelaron a experiencias propias y otras prestadas, así como a una inventiva que debía aprobar cada día el riguroso veredicto popular.
Armar el juguete y hacerlo andar era el desafío. Para eso Genaro se mudó a la azotea del entonces bullicioso hotel Savoy, en pleno centro de Lima, y desde allí vendió televisores, buscó socios, pactó préstamos para equipar el canal, discutió las ideas de una programación atractiva, soñó con transformar a las estrellas de la radio y llegar hasta los últimos rincones del país.
Por esa época y desde 1956, se alojaba en Palacio de Gobierno el último de los oligarcas, don Manuel Prado Ugarteche, un presidente distraído por los desfiles de modas de París, ensimismado con las noticias de la Casa Blanca y preocupado por la salud de sus numerosos caballos de carrera. Su ministro de Economía, don Pedro Beltrán Espantoso, era dueño a su vez de los diarios La Prensa y Ultima Hora, y de Montalván, una hacienda desde la cual echaba a rodar al mundo melones gigantescos.
Lima no llegaba todavía al millón de habitantes y el barrio popular de más reciente formación era San Martín de Porres.

Por esos días y desde Cuba le llegó a Genaro un regalo inesperado llamado Goar Mestre, multimillonario y experto en radio y televisión que recaló en estas costas por un imprevisto histórico. El primero de enero de ese año 59 un grupo de barbudos al mando de un tal Fidel Castro había bajado desde la Sierra Maestra para tomarse La Habana y derrocar al sargento timbero Fulgencio Batista, quien de madrugada huyó en un pequeño avión rumbo a Miami, inaugurando un éxodo masivo que hasta ahora no termina. El isleño Mestre se sumó con entusiasmo a la idea de Genaro y le brindó su apoyo como programador, contratista de enlatados y pendejadas mil.
La noticia de la revolución cubana se conoció en Lima apenas en las páginas internacionales de los diarios y en los breves boletines radiales de horario rígido. Eran tiempos en que los noctámbulos limeños amanecían en el Embassy, El Pingüino, el Negro Negro, y de allí aterrizaban en La Parada para recuperarse “de la tranca asesina con un criollazo caldo de gallina”, como dejara constancia el carreta Jorge Pérez y su compadre del alma don Eduardo Garland.
Martínez, Tealdo, Madalengoitia
Así estaban las cosas cuando en la señal del 13 los peruanos conocimos por fin a Humberto Martínez Morosini, cuya voz hace años nos era familiar a través de las transmisiones deportivas de radio Panamericana. Desde allí y durante 30 años Humberto será la imagen emblemática del Canal; su presencia presidirá el noticiero El Panamericano, los espacios deportivos, los concursos Miss Perú, las ceremonias de cambio de gobierno y cuanto asunto público de interés ocurra en el país.

Alfonso Tealdo ya traía la patente de El Panamericano y además llevó ante las cámaras el quehacer político, inquietud que llevaba puesta desde sus andanzas iniciales como cronista de la prensa escrita. Instantes estelares de nuestros últimos 40 años figuran en los archivos de la TV, gracias a su acuciosidad de gran periodista. Por allí desfilaron líderes como Víctor Raúl Haya de la Torre, Fernando Belaúnde, Héctor Cornejo Chávez, Hugo Blanco, sometidos a los rigurosos interrogatorios del hombre que fundó el inolvidable programa Pulso.
Creó también Tealdo Pregunta, un espacio que más parecía el trabajo de un fiscal implacable que un encuentro periodístico. Si un político salía bien librado de sus demoledoras preguntas y repreguntas tenía ganado el cielo popular, pero le esperaba el infierno de la reprobación si el viejo lo desaprobaba.
Hizo también La Voz y la Pluma, programa que dedicó a esa otra pasión de su vida, la literatura y la bohemia. Pero dejemos a Tealdo por ahora, que si seguimos con él se queda con todo el espacio.

Loza, Ludmir, Ferrando
El indigenismo ingenuo de Tulio Loza irrumpió por primera vez en las pantallas del 13, incorporando con estilo pícaro al serrano avivado, un personaje que Ciro Alegría y José María Arguedas sólo nos lo habían mostrado en su dimensión trágica. Durante un cuarto de siglo las visiones andinas de Loza nos han desternillado de risa, aún en sus expresiones más oportunistas. ¿Qué televidente de esos tiempos no recuerda a Camotillo el Tinterillo?

Pepe Ludmir y su mirada fácil del cinema nos ilustraron desde los comienzos de ese Canal, enseñándonos a ver los misterios de un arte que de otro modo se nos escapaban entre los ojos. Don Pepe se exhibía con las estrellas como un pata del barrio, ofreciéndonos las mejores transmisiones desde Hollywood que jamás volvimos a disfrutar.

El mejor locutor hípico del país, Augusto Ferrando Chirichigno, de quien se decía que identificaba en pelo a cada uno de los caballos con pesebre en San Felipe, entró a lo bestia a la televisión y todavía hay quienes se lo agradecen y extrañan. Otros no. Su humor esquinero, sus puyas sangrientas a los indefensos cautivaron durante 20 años a la mayor audiencia que jamás registró la televisión peruana, un fenómeno que luego intentaron comprender sociólogos y siquiatras.

La cita de los sábados por la tarde en la esquina del Canal con el negro Ferrando se hizo una costumbre masoquista, en especial para artistas populares en proyecto y gentes ávidas de ganarse algüito en sus estrambóticos concursos con premios para todos los inscritos.

Ledgard, Madalengoitia
Kiko Ledgard, cómo olvidarlo. Al principio era presentado como el hermano de Walter, el famoso nadador, gran conversador y seductor, conductor de una prestigiosa academia de natación en San Isidro. Poco a poco Kiko cinceló su propia fama frente a la teleaudiencia del 13. Condujo concursos, organizó juegos juveniles, contaba historias de personajes públicos a quienes apenas encubría. Se revelaba nacido para el espectáculo, un showman notable que ocupó espacios diarios con gran acogida de la clase media.

Qué decir de Pablo de Madalengoitia. Venía del teatro y a eso debía su ilustración y natural simpatía. Su incorporación a la TV fue una contribución rica y duradera. Educó, entretuvo, informó. Cuánto quisiéramos tener hoy día alguien como él en la TV local. Tuve el placer de producirle “Para ganar hay que tratar”, un exitoso programa de concursos en el C. 4.
Antes estuvo al frente de otro concurso de conocimientos que se llamó “La Pregunta de los 64 Mil Soles”, que hizo época. Los escolares lo emulaban, salieron imitadores de su voz y de sus gestos; en los hogares era la prolongación cálida de la sobremesa. No se si antes o después nos obsequió con “Pablo y sus Amigos”, un espacio dedicado a la charla amena e ilustrada, fácil y a la vez culta. Pero si recuerdo que la televisión que vino después ya no tuvo esa calidad y sencillez.
Como dije tuve ocasión de trabajar como productor de Pablo, en ese programa semanal de concursos al que llegaba cuando faltaban 15 minutos y me preguntaba con una sonrisa en los labios: – ¿Qué tenemos hoy? Ibamos a un pequeño bar cercano, yo preocupado por los minutos que faltaban y él muy canchero descargaba mis angustias: – Siempre hay tiempo para calentar la garganta. Yo le contaba lo que había preparado, él se bebía un ron con Coca Cola a sorbos largos, pagaba la cuenta, se despedía del mozo con un gesto amable y a las ocho en punto de la noche todo el país escuchaba su voz nasal inconfundible: -Qué tal amigos, ¿ya están listos para comenzar a la primera tarea de esta semana?

Mediodía con el otro Fidel
Ya hablamos de mediados de los años 60. Nada era dejado al azar, por tanto la hora del almuerzo fue cubierta con una carta que los Delgado Parker sacaron de la manga. El Hit de la Una se convirtió en la alternativa del 5 frente a la Revista del Mediodía, del 4. Un hombre de radio, Fidel Ramírez Lazo, empresario con pinta de abogado y dueño de una cautivadora sonrisa, se hizo dueño de los almuerzos y las sobremesas limeñas. Sus invitados eran conjuntos de música criolla, y el aporte personal de Fidel fue las historias costumbristas, chistes populares y chismes que apenas disimulaban a sus personajes. Todo un gol que muchos años después, cuando desapareció el conductor, no encontraba sucesor en las pantallas.

Kamalich, Blume, Travesí
Pero aquello fue sólo una parte. La programación que la gente de Genaro preparaba semanalmente, con el cuidado que un cocinero nos ofrece sus mejores platos, incluyó telenovelas que también acapararon la sintonía de todo el país.
Natacha, Simplemente María, Me llaman Gorrión, fueron algunas de las más logradas telelloronas, las que secuestraron el interés de las amas de casa en las primeras horas de la tarde, que antaño se dedicaban sin contemplación a la siesta. Dormir a las 3:00 fue una costumbre que perdió vigencia gracias a Saby Kamalich, Ricardo Blume, Elvira y Gloria Travesí, Ofelia Lazo, Regina Alcover, Orlando Sacha, los Velásquez y tantos otros cuyas imágenes bien merecen el homenaje de un video para saciar la nostalgia y enseñar cómo se actuaba en esos tiempos.

Hasta que amanecimos al 3 de octubre de 1968, día en que el General Juan Velasco Alvarado intenta poner al país en el siglo XX, pero a su modo, sin contemplaciones, sin idea de lo que hoy llamamos consensos; harto ya de estar harto en una nación que agonizaba bajo la rienda corta de gamonales y encomenderos. Siete años duraría en el poder, otros 5 le corresponderían a un general que se limitó a desandar lo andado, pero con el compromiso de devolvernos el poder a los civiles. Y por lo bajo, los canales a sus antiguos propietarios.

En esos doce años ocurrió lo que tenía que ocurrir. Muchos proyectos quedaron truncos porque el Estado confirmó su ineptitud en el manejo de un medio como la televisión, que para vivir requiere de libertad como el pez necesita del agua. Los verdes inventaron Telecentro como programadora para los canales intervenidos, una fórmula que ni siquiera justificó sus jugosas planillas.

De nuevo y a acomodarse
Llega 1980 y con él la televisión recupera sus antiguos bríos, pero vuelve a uncirse a sus viejas riendas. Nuevos rostros se incorporan al 5, unos llevados de la mano de Genaro, otros por diferentes caminos. Conocimos entonces al médico Ernesto García Calderón y su imagen calmante en medio de noticieros violentos. Debuta el rostro inteligente y la sonrisa tierna de Zenaida Solís, quien con el tiempo será la entrevistadora del Canal. Años después y como por encanto aparece Alejandro Guerrero, un maestro de escuela que se hace impetuoso reportero para después convertirse en devoto cronista de valles, selvas, ríos y manglares.

Incansable, Genaro trae las microondas y las instala en 14 estaciones de su Canal en el territorio nacional. Estamos en el primer lustro de los 80 y alguien registra un millón 100 mil televisores en todo el país. Bien entrado 1989, Panamsat pone a la televisión peruana a la altura de la globalización informativa. El 5 es el primer Canal que se inserta al mundo a través de un satélite de comunicaciones, que a su vez tiene ya 13 estaciones propias y 124 retransmisoras.
Una medición de sintonía hecha en esos años nos informa que Panamericana registraba en promedio 40 por ciento de televidentes en los hogares peruanos, seguida por Frecuencia Latina con 29 por ciento y América Televisión con 13 por ciento.

Vendrían después Buenos Días Perú con el talento y la simpatía de Roxanna Canedo, que acostumbró a los limeños a despertarse más temprano con las noticias. Roxanna cubrió también 24 Horas y Panorama, programas insignia del Canal 5. Quién no conoce que detrás de muchos de estos espacios estuvo Roberto Chauca, un productor certero que siempre supo darle al público el postre del menú y además la receta de lo que habíamos comido en la semana. Para los realmente madrugadores se hizo Agrovisión, espacio dedicado a los olvidados de siempre en el Perú, los agricultores.
Finalmente en este recuento debemos incluir la transmisión del Mundial de Fútbol de los Estados Unidos, que reunió para el 5 a 5 millones de televidentes, un récord que Genaro atesora para sus nietos entre sus mejores recuerdos.

Con esa fuerza Pantel se extendió más allá del Perú. Los Delgado Parker exportaron al mundo latino producciones como Simplemente María, y llevaron sus negocios hacia Argentina, México y Puerto Rico. La creación de la productora Astros fue parte del hábito creativo de Genaro y corresponde a los años 90, por tanto forma parte de un recuerdo muy cercano que los lectores tienen a tiro de memoria. Además, debo decirlo, el editor de esta revista universitaria me pidió que no toque la etapa del fujimorato y la TV, porque aquello es impublicable. Y tampoco la tacañería de Genaro, algo que todo el mundo conoce y para lo cual habría que escribir otro capítulo.
Publicado en revista cultural de la Universidad alas Peruanas

Viernes 29 de noviembre 2002

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