Por Ismael León Arias (*)
En estos días que se discute la evaluación de los maestros y no se dice para qué ni dentro de qué planes educativos, he recordado con mi amigo el fotógrafo Jorge Neuman, los tiempos en que estudiábamos los últimos años de secundaria en la Gran Unidad Escolar Bartolomé Herrera, cuando el director de la nocturna (mi sección) era el doctor Castro Nestarez y el director general don Jorge Castro Harrison; este último que en paz descanse y si tiene otra vida en buena hora, porque a alguien estará enseñándole algo de lo tanto que sabía.
Cómo olvidar esos meses en que, a falta del titular del curso, Castro Harrison nos introdujo en el mundo de la psicología, marcándonos para siempre con aquello de que en todos nosotros hay dos individuos, uno al que vemos y oímos y otro al que desconocemos.
Cómo no recordar al profesor César Huertas, quien en el curso de literatura peruana nos presentó a sus viejos amigos Ciro Alegría, Argüedas, Manuel Scorza (desterrado esos días en México), Vallejo, Valdelomar, Eguren y de relancina a José Carlos Mariátegui, “quien no era poeta pero qué bien que escribía”.
Y antes de ellos, en los primeros años de media, a ese exquisito maestro que fue Arístides Heredia, difusor de cuentos y novelas indispensables en la vida, animador de vocaciones, director después en el José María Eguren. O a ese enorme profesor de geometría que se llamó José Grande, a quien Neuman recuerda suspendiendo el dictado de sus clases en respuesta a la ridícula broma de un chusco que hoy sería militante de barra brava.
Tiempos en los que al fin del segundo año de media debimos escoger entre especialidades de “letras” y “ciencias”, bifurcación absurda que desembocó en una secundaria con ochenta por ciento de “poetas”, diez por ciento de “matemáticos” y otro diez por ciento de “no sabe no opina”, los despistados de siempre.
Nunca supe cómo nos las arreglamos en la vida con semejante escuela, donde los números desaparecieron de nuestras vidas apenas a los trece años, mientras otros se perdieron la literatura sencillamente porque les dijeron que era quehacer de ociosos o maricones.
Bueno, la verdad, sí lo se. No nos ha ido tan mal, como pudo ser, porque en las aulas contamos con las inolvidables lecciones de profesores mayúsculos como Castro Harrison, Castro Nestarez, Huertas, Grande, Heredia y tantos otros maestros sin émulos, desalentada la pedagogía desde que Alberto Fujimori, (a) presidente, declaró que en el Perú no era necesario ser educador para ocupar el cargo de ministro de Educación.
Para qué capacitar
Dejémonos de vainas. El discursillo oficial y ayayero que culpa a los maestros por la educación de los jóvenes de hoy es una verdad a medias. O sea, una mentira. Es como responsabilizar a los médicos por la mortalidad infantil, o a los abogados por la corrupción del Poder Judicial. Que los educadores tienen bastante que ver, no lo niegan ni los dirigentes del SUTEP. Pero el tema a discutir radica –creo- en formular una política educativa, ausente en el Perú hace treinta años.
¿Alguien ha escuchado en el gobierno o en el Congreso alguna propuesta de cambio con valores, coherente, sostenible y a la vez útil y práctica, que no consista en parches?
No se oye padre. Ni hoy con García ni en los últimos años con Toledo. Menos con Fujimori, el modernizador al que se le caían las escuelas. De modo que discutamos sobre la carnecita, no en torno al hueso y las plumas del pollo. Y que nos digan de una buena vez para qué se
quiere que los maestros se capaciten; porque si es con los lineamientos de la filosofía fujimorista, todo esfuerzo estaría destinado a favorecer negocios de academias y seudo universidades creadas en la época del tiranuelo.
-Vamos por partes. ¿Reconocen, señores del gobierno, que la convivencia social en el Perú no está garantizada por la persistencia de factores como la pobreza, la marginación y otras calamidades? Propónganos entonces que la educación sirva para el cambio, que los niños y jóvenes asistan a escuelas donde los valores de la democracia presidan la teoría y la práctica.
-¿Tenemos dificultades para insertarnos en la llamada globalización, porque nuestros trabajadores no están capacitados para competir con la mano de obra de otros mundos? Que la escuela eduque para el trabajo; en otras palabras, que un alumno de quinto o de un nuevo bachillerato sea capaz de reparar por lo menos una instalación eléctrica casera.
-¿Nuestros alumnos no tienen curiosidad frente a los fenómenos que desconocen? Señores, propónganse que la ciencia y la tecnología ocupen las primeras horas de un calendario escolar de seis días, incluyendo medio día los sábados y feriados laborables.
-¿A los quince años los chicos no entienden lo que leen y les aterroriza exponer una idea en público? Señor ministro, que antes del cierre del mediodía todos los alumnos lean, frente a su clase, una breve composición de diez líneas con lo que han aprendido esa mañana en el aula. O con lo que no han entendido. Y que la lógica se integre con matemáticas. Y que dos veces al año los chicos muestren a los padres de familia lo que la escuela les ha enseñado.
-¿Se han dado cuenta que en el Perú los muchachos no cantan, nadie les enseña a tocar un instrumento, los que pintan son una rareza y los poetas una especie en extinción? Entonces, ¿qué esperan para incorporar artistas que transformen a las escuelas en foros creativos donde la audacia y el atrevimiento sean la marca registrada?
-¿No es verdad que la naturaleza en el Perú es objeto de cotidiana agresión por mineros sin escrúpulos, taladores furtivos, dinamiteros de la pesca y canallas al por mayor? Que otro objetivo de la educación sea formar jóvenes que tengan conciencia ecológica.
-¿Han notado que un egresado de secundaria no tiene ni idea de cómo hacer una compra-venta, tampoco iniciativa para crear una pequeña empresa y ni noción de lo que son las exportaciones? Incluyan en el nuevo currículum “el mundo de los negocios o cómo crear su propia empresa”.
-Finalmente, como ya habrán observado, ¿recuerdan que nuestro fútbol de menores no asiste a una olimpiada hace medio siglo, que la selección de mayores no sabe de mundiales desde España 82 y que el voley femenino se ha venido abajo? Supongo que habrán encontrado la relación de esas frustraciones deportivas con una escuela hecha para el fracaso. ¿O esperaban que un joven que no entiende lo que lee y le tiemblan las piernas para hablar en público, pueda, por milagro, ser un futbolista valiente y exitoso?
De modo pues que hablemos de los fondistas, no de los teloneros; del plato fuerte, no de las entraditas recurseras.
Octubre 2006
(*) Periodista, ex jefe de prensa MED y UNMSM.
