Ismael León Arias
La súbita confesión de simpatía del primer ministro Oscar Valdés por Alberto Fujimori, pareció súbita pero no fue tan improvisada. Estaríamos asistiendo a los preliminares calculados de una versión del pacto Apra-Odría, que a mediados de los 50 retrasó la historia del Perú hasta 1968. Esa conjura entre Haya y su antiguo perseguidor desoyó el clamor nacional de reforma agraria; puso otro nudo a nuestra política exterior atada al Departamento de Estado; postergó la modernización de la Fuerza Armada; abandonó la promesa de recuperación del petróleo de Talara…en otras palabras, nos hizo vulnerables y puso a la cola de América Latina.
Hoy estaríamos en los prolegómenos de un acuerdo organizado por dos militares retirados, que desde el poder aspiran a la supuesta estabilidad que les ofrecerían el criminal sentenciado y su banda cleptómana. La inesperada variante ha vuelto indescifrable el futuro del país, como indescifrable es un primer ministro que ha declarado -sin que se lo pregunten- su amor político por Alberto Fujimori “de su primer gobierno”, aunque exceptuando (para los cojudos) el golpe del 5 de abril. Valdés debió sacar algunas ronchas en Palacio y entre la gente seria de Gana Perú, especialmente en el Congreso. Y sólo hizo felices a los fujimoristas.
Lo que parece evidente es que no asistimos a un exabrupto, si recordamos que este coronel-empresario- no da puntada sin hilo y luce autocontrolado. Más allá de observarlo, los desconfiados nos preguntamos: ¿está poniendo este segundo de a bordo las primeras piedras de un pacto con el fujimorato? Y lo más importante: ¿consultó la declaración con su jefe, de cuya confianza goza hasta el momento?
Si la inesperada manifestación de Valdés fue previamente conversada con el Presidente Ollanta Humala, estaríamos en las proximidades de un pacto de espaldas a la mitad del país que votó por el comandante contra la Fujimori y lo que representa. El precio a pagar podría ser el indulto como cuota inicial, de una convivencia que ofrecería Valdés y que al Presidente le suena a música celestial. La tranquilidad que quería el Apra de Haya a mediados de los 50 y que le garantizó Odría, su antiguo perseguidor.
La historia de hoy tuvo un capítulo importante a fines de diciembre del 2011, cuando el Canal 7 y Radio Nacional cambiaron de manos dentro del propio gobierno. Desde entonces Oscar Valdés preparaba su estrategia, que consistiría esencialmente en no cambiar nada. Para ello debía acercarse primero a la bancada fujimorista con un ramo de flores. Luego llegaría al simpatizante de base, ese que da votos y serena las calles. Convencidos esos nuevos amigos –especula el primer ministro- podrían firmarse todas las Congas del mundo hay. Tal sería su receta.
Canal 7 para empezar
A comienzos de ese mes del 2011, la BBC de Londres transmitía desde la plazuela de Saint Paúl la conferencia del profesor de Berkeley, Manuel Castells, experto en lenguas y comunicación, “La crisis siempre llama dos veces”, dictada para los indignados. La emisora ejercía así su libérrima política informativa, que es también la del Estado británico. A fines de ese mismo mes, en Lima, el flamante primer ministro anunciaba que la red nacional de radio y TV volvía a su despacho desde el ministerio de Cultura, que en su debut lo recibió del ministerio de Educación, que alguna vez reemplazó en ese manejo al Presidente de la República.
Aquella transmisión callejera de la BBC no era un hecho aislado. Meses antes habían puesto cámaras y micrófonos en una plazuela madrileña, para una conferencia acerca de la crisis mundial dictada por el Nóbel de economía Joseph Stiglitz. Se practicaba así la concepción liberal inglesa de forjar en las calles una universidad popular, llevando noticias, ciencia y arte a la población. Idea que entre nosotros fomentó un juvenil Haya de la Torre. Pero lo que ocurría aquí en diciembre era una mala costumbre; la de ganar el gobierno y tomarse los medios para libre albedrío del mandón de turno. Y en eso estaban al llevarse Canal 7 y Radio Nacional, que pueden ser muy importantes para los grandes sucesos. El raciocinio de Valdés sería que los necesita en sus manos para esos planes, sin intermediarios. Sin pelearse con RPP y los canales de señal abierta, a los que convocará para aplicar cualquier esquema.
Si otra incongruencia habría que acusar, sería que en marzo del 2011, en plena campaña electoral, el candidato Ollanta Humala prometía que su futuro gobierno relajaría el control sobre Canal 7, para convertirlo “en un medio de comunicación público con un directorio plural”. Oferta lanzada minutos después de asegurar que, de llegar a la Presidencia, pondría fin al monopolio del Ministerio de Transportes y Comunicaciones en la entrega de licencias de radio y TV. “La entrega será descentralizada, con los gobiernos regionales”, ofreció entonces.
En otro momento y avanzando en esa idea inclusiva, el hoy primer mandatario llegó a proponer que, progresivamente, los medios del Estado serían públicos y descentralizados, por tanto sus directorios estarían integrados por el gobierno central, gobiernos regionales y municipios, organismos de la sociedad civil y universidades públicas. Todos incluidos, la felicidad.
¿Qué pasó?
Funcionarios y periodistas sostienen que es verdad que durante la gestión del primer ministro Salomón Lerner, el canal del Estado anduvo a la deriva, lo cual finalmente resultó explicable. La improvisada ministra de Cultura, Susana Baca, nunca cumplió con proponer un directorio y menos sugerir siquiera pautas de programación. La señal salía cada día por inercia y porque en el estado peruano muchos organismos acéfalos funcionan solos. El presupuesto llega puntual, el agua y la luz no las cortan y la planilla se paga a fin de mes.
Debe reconocerse que la última presidenta de Canal 7 designada por el Apra, María Luisa Málaga, aplicó cierta sagacidad y pudor en lo que se refiere a políticas administrativas y de información; no mucho, pero bastante, comparado con el desorden imperante en administraciones previas, acometidas por gente de confianza de Alan García. Desorden es un eufemismo. Decir caos resulta más justo y describe mejor lo que pasó con la enfermiza intromisión de Palacio de Gobierno, en aquello que el jefazo consideraba su Canal, juguete de su egolatría.
María del Pilar Tello, Alfonso Salcedo y Ricardo Ghibelini, cada uno en su momento, debió padecer las llamadas urgentes de ministros y secretarios, que por órdenes “del jefe” exigían, “para ayer”, equipos del Canal en Palacio, pues el hombre padecía, cual necesidad biológica, ansias de tener una cámara y un micrófono por delante. Un día eran celebraciones históricas; otro, conferencias trascendentes; ayer, convenios impostergables; mañana visitas de celebridades que horas antes nadie esperaba –a veces todo junto-. Y siempre en el epicentro el exuberante mandatario, quien por añadidura exigía, fuera de sí, que los lentes oculten sus prominencias.
Aquí nos damos con otra coincidencia. El despelote que dejó el primer gobierno de Alan García, fue en gran medida el justificativo del 5 de abril del 92. Valdés ha visitado un par de veces las instalaciones de Canal 7 y lo que ha encontrado le habría confirmado ciertas convicciones. Hay que poner orden, eso es lo que se necesita, unidad y coherencia, algo que sólo pueden conseguir los técnicos…y los militares. Convencido de sus éxitos empresariales en Tacna, en las firmas de sus suegros, el primer ministro habría impresionado sobre manera a su jefe, un hombre que finalmente fue su subordinado en el Ejército, y que en secreto ha venido aprobando su disciplina y corrección en las formas, tan ajenas a los simpáticos civiles, inteligentes y de buena labia, pero desordenados como el amigo Salomón Lerner.
Pero ningún argumento técnico resiste la re-transferencia de Canal 7 y Radio Nacional a los predios del primer ministro Oscar Valdés, que quiere todo el poder en sus manos, para consolidar coincidencias con ciertos ministros y logar la aprobación de sus planes de largo plazo. La pregunta que debe responder el presidente Ollanta Humala es, ¿aprueba las simpatías hacia el primer gobierno de Alberto Fujimori, como las ha declarado su primer ministro? ¿Ha planeado su gobierno arribar a un pacto político con el reo en cárcel?


